El siguiente es un extracto de una entrevista realizada durante una misión parroquial a la directora rural del lugar
En un pequeño paraje de la Patagonia se encuentra una escuelita, que todos los días brinda a los niños del lugar cariño, alimentación, abrigo, risas, conocimientos nuevos y acrecienta los saberes que los niños ya tienen.
Me llamo Mónica, y soy directora de una escuela rural. Ser maestra rural es un compromiso de vida, que uno asume desde que recibe el título docente. Aquí estoy en este lugar, que elegí por opción como lugar de concursar para ser directora titular. En esta institución hay 14 alumnos, de distintas edades, dificultades y necesidades educativas y/o especiales. Ellos deben caminar o andar en bicicleta hasta 7km para llegar a la escuela. En época de buen tiempo no hay proble-mas, pero en otoño-invierno los caminos se tornan pesados a causa de las lluvias, barro o nieve. Sin embargo, esto no es inconveniente para que ellos lleguen. La voluntad por aprender es muy fuerte; se sienten impulsados por los valores que la fami¬lia les ha inculcado en todos sus años; ellos saben que la educación es una herramienta valiosa para sus vidas.
Las temperaturas en invierno llegan hasta 35º bajo cero y la nieve suele llegar hasta 1 metro. La leña es muy escasa; en los campos ya no se encuentra. Las familias son en su mayoría pequeños productores ovinos o caprinos. Las ventas de sus productos alcanzan a cubrir algunas de sus ne-cesidades básicas; por ello la escuela solicita (con respuesta muy positiva) colaboración de perso-nas consis¬tente en ropa, calzados, alimentos y útiles.
La escuela es el núcleo del paraje por eso aquí se hace atención de la salud, trá¬mites policiales, judiciales, de renovación de carnet de boletos de señales, etc. Todos los meses tenemos “reunión de paraje” donde se tratan temas de salud, educación, arreglo de caminos, ayudas sociales, etc.
Mi familia es el pilar que me sostiene, creo que no podría vivir sola. Mis hijos y mi esposo son las pilas que todos los días recar¬gan mi vida. Además, observar los progresos de mis alumnos en sus estudios y escuchar los elogios de los pobladores me hacen muy feliz.
Jesús se hace presente todos los años con la visita de los misioneros; ellos traen la reflexión, la solidaridad, el compartir. Gastan sus “sandalias” en llegar a los hogares y revivir la palabra de Dios. Los pobladores me manifiestan que se sien¬ten contentos con su presencia, y demuestran sencillez y humildad en todos sus actos. El trabajo de estas personas es digno de destacar; dejan sus hoga-res, sus familias para brindarse a los hermanos.
Jesús dijo: “Amaos unos a otros como yo los he amado”.
Los misioneros, con sus acciones, ponen en práctica estas palabras.
Usando como disparador algunos temas relacionados con la educación que salen en los diarios, buscamos concientizar sobre la importancia de la educación
jueves, 7 de abril de 2011
La educación llega a las comunidades más aisladas
www.lanacion.com.ar
A pesar de los problemas de acceso, las carencias edilicias y la falta de personal, los docentes en zonas remotas sacan a relucir su vocación y llevan adelante el milagro de enseñar.
Todos los días Andrea viaja más de 70 kilómetros y atraviesa la Cordillera para dar clase en Tierra del Fuego. María Ivone hace lo propio, pero en la otra punta del país, en Jujuy. Ambas son directoras de escuelas que se encuentran en sitios remotos, aisladas de todo, y asumen el desafío de enseñar a pesar de las dificultades.
La ruralidad de una escuela se determina cuando se encuentra en una localidad de hasta 2000 habitantes. Según el Ministerio de Educación de la Nación, la educación rural reúne cerca de 39% de las escuelas en el nivel nacional, pero sólo representan el 10% de la matrícula total del país (excluyendo el nivel superior no universitario).
Estas escuelas tienen una serie de características y problemáticas que les son propias: mayor incidencia de la pobreza, alta proporción de población no escolarizada, menor tradición escolar y falta de infraestructura. Pero también hay que sumar las limitaciones que impone la dispersión poblacional.
Mirando el vaso medio lleno, lo cierto es que este tipo de educación también es más personalizada y ofrece satisfacciones para los maestros. "Los chicos son más sanos de mente, están ávidos por aprender, les gusta ir a la escuela", afirma María Ivone, como una de las principales diferencias que ella encontró este año al llegar a la Escuela N° 53 Dr. Marcelino Vargas, de La Ciénaga, Jujuy. También destaca la gran valoración que tienen por los docentes. "Un maestro se siente con muchas más ganas de enseñar", sostiene.
Todos los días viaja durante una hora en colectivo, unos 80 kilómetros desde la capital provincial, y luego toma un remise junto a los otros maestros de la zona para llegar. Allí, ella no sólo tiene la responsabilidad de llevar adelante la escuela, a la que asisten 22 chicos, sino que además es la maestra de 5°, 6° y 7° grado.
Lleva 24 años en la docencia y se presentó a un concurso de antecedentes para ocupar el cargo de directora. Quizá su motivación sea familiar -"mis padres eran directores de una escuela rural", recuerda-, pero lo cierto es que su pasión se reconoce en el entusiasmo que transmite su voz al hablar de la escuela y sus chicos, que vienen de las localidades cercanas, como El Patacal, Chalala y otros pueblos de Purmamarca.
Allí está acompañada por dos maestras más, Juana Lance, que tiene a su cargo de 1° a 4° grado, y María Ester Cari, que enseña a todos actividades prácticas. El equipo se completa con una portera, una cocinera y un ayudante, con quienes sirven a los chicos el desayuno y el almuerzo.
Si bien en la escuela todavía hay muchas cosas por hacer, María Ivone destaca: "El edificio está en buenas condiciones y los chicos, bien alimentados", dos aspectos primordiales a la hora de enseñar, aunque como la escuela es sólo primaria, trabajan fuerte en la motivación para que sigan estudiando en el secundario del pueblo.
A pesar de los problemas de acceso, las carencias edilicias y la falta de personal, los docentes en zonas remotas sacan a relucir su vocación y llevan adelante el milagro de enseñar.
Todos los días Andrea viaja más de 70 kilómetros y atraviesa la Cordillera para dar clase en Tierra del Fuego. María Ivone hace lo propio, pero en la otra punta del país, en Jujuy. Ambas son directoras de escuelas que se encuentran en sitios remotos, aisladas de todo, y asumen el desafío de enseñar a pesar de las dificultades.
La ruralidad de una escuela se determina cuando se encuentra en una localidad de hasta 2000 habitantes. Según el Ministerio de Educación de la Nación, la educación rural reúne cerca de 39% de las escuelas en el nivel nacional, pero sólo representan el 10% de la matrícula total del país (excluyendo el nivel superior no universitario).
Estas escuelas tienen una serie de características y problemáticas que les son propias: mayor incidencia de la pobreza, alta proporción de población no escolarizada, menor tradición escolar y falta de infraestructura. Pero también hay que sumar las limitaciones que impone la dispersión poblacional.
Mirando el vaso medio lleno, lo cierto es que este tipo de educación también es más personalizada y ofrece satisfacciones para los maestros. "Los chicos son más sanos de mente, están ávidos por aprender, les gusta ir a la escuela", afirma María Ivone, como una de las principales diferencias que ella encontró este año al llegar a la Escuela N° 53 Dr. Marcelino Vargas, de La Ciénaga, Jujuy. También destaca la gran valoración que tienen por los docentes. "Un maestro se siente con muchas más ganas de enseñar", sostiene.
Todos los días viaja durante una hora en colectivo, unos 80 kilómetros desde la capital provincial, y luego toma un remise junto a los otros maestros de la zona para llegar. Allí, ella no sólo tiene la responsabilidad de llevar adelante la escuela, a la que asisten 22 chicos, sino que además es la maestra de 5°, 6° y 7° grado.
Lleva 24 años en la docencia y se presentó a un concurso de antecedentes para ocupar el cargo de directora. Quizá su motivación sea familiar -"mis padres eran directores de una escuela rural", recuerda-, pero lo cierto es que su pasión se reconoce en el entusiasmo que transmite su voz al hablar de la escuela y sus chicos, que vienen de las localidades cercanas, como El Patacal, Chalala y otros pueblos de Purmamarca.
Allí está acompañada por dos maestras más, Juana Lance, que tiene a su cargo de 1° a 4° grado, y María Ester Cari, que enseña a todos actividades prácticas. El equipo se completa con una portera, una cocinera y un ayudante, con quienes sirven a los chicos el desayuno y el almuerzo.
Si bien en la escuela todavía hay muchas cosas por hacer, María Ivone destaca: "El edificio está en buenas condiciones y los chicos, bien alimentados", dos aspectos primordiales a la hora de enseñar, aunque como la escuela es sólo primaria, trabajan fuerte en la motivación para que sigan estudiando en el secundario del pueblo.
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