jueves, 7 de abril de 2011

Ser maestra rural, un compromiso de vida

El siguiente es un extracto de una entrevista realizada durante una misión parroquial a la directora rural del lugar

En un pequeño paraje de la Patagonia se encuentra una escuelita, que todos los días brinda a los niños del lugar cariño, alimentación, abrigo, risas, conocimientos nuevos y acrecienta los saberes que los niños ya tienen.
Me llamo Mónica, y soy directora de una escuela rural. Ser maestra rural es un compromiso de vida, que uno asume desde que recibe el título docente. Aquí estoy en este lugar, que elegí por opción como lugar de concursar para ser directora titular. En esta institución hay 14 alumnos, de distintas edades, dificultades y necesidades educativas y/o especiales. Ellos deben caminar o andar en bicicleta hasta 7km para llegar a la escuela. En época de buen tiempo no hay proble-mas, pero en otoño-invierno los caminos se tornan pesados a causa de las lluvias, barro o nieve. Sin embargo, esto no es inconveniente para que ellos lleguen. La voluntad por aprender es muy fuerte; se sienten impulsados por los valores que la fami¬lia les ha inculcado en todos sus años; ellos saben que la educación es una herramienta valiosa para sus vidas.
Las temperaturas en invierno llegan hasta 35º bajo cero y la nieve suele llegar hasta 1 metro. La leña es muy escasa; en los campos ya no se encuentra. Las familias son en su mayoría pequeños productores ovinos o caprinos. Las ventas de sus productos alcanzan a cubrir algunas de sus ne-cesidades básicas; por ello la escuela solicita (con respuesta muy positiva) colaboración de perso-nas consis¬tente en ropa, calzados, alimentos y útiles.
La escuela es el núcleo del paraje por eso aquí se hace atención de la salud, trá¬mites policiales, judiciales, de renovación de carnet de boletos de señales, etc. Todos los meses tenemos “reunión de paraje” donde se tratan temas de salud, educación, arreglo de caminos, ayudas sociales, etc.
Mi familia es el pilar que me sostiene, creo que no podría vivir sola. Mis hijos y mi esposo son las pilas que todos los días recar¬gan mi vida. Además, observar los progresos de mis alumnos en sus estudios y escuchar los elogios de los pobladores me hacen muy feliz.
Jesús se hace presente todos los años con la visita de los misioneros; ellos traen la reflexión, la solidaridad, el compartir. Gastan sus “sandalias” en llegar a los hogares y revivir la palabra de Dios. Los pobladores me manifiestan que se sien¬ten contentos con su presencia, y demuestran sencillez y humildad en todos sus actos. El trabajo de estas personas es digno de destacar; dejan sus hoga-res, sus familias para brindarse a los hermanos.
Jesús dijo: “Amaos unos a otros como yo los he amado”.
Los misioneros, con sus acciones, ponen en práctica estas palabras.

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